Que sepa coser,
que sepa bordar
A juzgar por filmes
como Cartas de Iwo Jima (Letters from Iwo Jima,
2000) el coloricidio parece cobrar prestigio en la
actualidad. La primera virtud que salta a la vista en
Bordadoras (Brodeuses, 2004) pone en cuestión la
elección de esa vía presuntamente austera hacia la
autenticidad. La opera prima de Éléonore Faucher deslumbra
por su derroche de colorido, incluida la esplendorosa
cabellera roja y enmarañada de la actriz protagonista, Lola
Naymark. Y no deja por ello de ser una película auténtica en
la forma como afronta su situación una joven soltera y
embarazada,
y a la vez un filme extremadamente frugal en lo que se
refiere a la producción, en contraste con la abstinencia
superficial y efectista que se percibe en la decoloración de
la cinta de Clint Eastwood.


Color y austeridad
constituyen en Bordadoras una redonda posición en
relación con lo que ha de ser el arte cinematográfico. El
cine debe compartir dos virtudes del bordado, a juicio de la
realizadora: ser una actividad artesanal, en la que
cualquier rebuscamiento de los recursos resulta
impertinente, pero sin prescindir por ello del encanto del
adorno. Así como la señora Melikian (Ariane Ascaride), la
experimentada bordadora, inserta espejitos y otras baratijas
en sus trabajos, que causan un placer muy sencillo al
contemplar cómo brillan bajo la luz, la película apuesta por
un disfrute del color por el color mismo en todos los
detalles.
Nada de esto debería
hacer pensar, sin embargo, que Bordadoras es un filme
esteticista. Por el contrario, el meollo de la trama es una
decisión ética:¿tener o no tener un niño?, ¿conservarlo o
parir el anonimato, y que el bebé sea adoptado?
No se trata tampoco
de una cuestión moral planteada en abstracto. El problema se
le presenta a la protagonista, fundamentalmente, como una
cuestión social y, sobre todo, existencial. Criar al hijo se
percibe como un grave problema económico para ella, puesto
que es una simple empleada de supermercado que intenta vivir
sola, separada de su familia. Y significa también un llamado
de alerta del destino, que pone al desnudo su problemática
condición de individuo en una sociedad de mercado. La
libertad de la muchacha no pareciera ser más que
aislamiento, agudizado por el establecimiento de relaciones
con otros individuos que son “libres” en la medida en que se
protegen del compromiso, como el padre de la criatura,
empleado del mismo supermercado, que cobra así la dimensión
de metáfora social.
Incluso el
alejamiento de la familia pareciera tener mucho de
caprichoso, tal como se evidencia al final del filme, cuando
el espectador descubre que no se trata de ningunos
monstruos, ni nada por el estilo. Sin embargo, la historia
no deja de hacer manifiesto que entre padres e hijos, en una
sociedad de individuos, crece la brecha de la
incomunicación. Por ejemplo, al contrario de lo que
ocurriría con una mujer que sabe asumir el papel, la madre
de la protagonista parece incapaz de darse cuenta del
embarazo. En cambio, la señora Melikian, que lo capta
enseguida. Algo de mamá le falta a esa madre.
La transformación
que sufre la protagonista en el filme tiene, por tanto, una
triple dimensión: moral, social y existencial. Del egoísmo
pasa a la aceptación de sus responsabilidades para con los
demás, incluso para consigo misma; de asalariada se
convierte en discípula, una relación laboral no menos dura
pero que es también un vínculo humano; su aislamiento se
convierte en reinserción en una comunidad.


Si bien de lo
anterior pareciera desprenderse un cierto esquematismo, y da
la impresión, además, de que le da la razón a quienes han
criticado la película por su simplicidad excesiva, debe
señalarse en descargo de Bordadoras que el camino
hacia el cambio no es recorrido solamente por la
protagonista, y tampoco está desprovisto de trampas.
Advertir esto le da
una mayor dimensión al personaje de la señora Melikian,
quien ha perdido recientemente a su único hijo. La crisis en
la que cae la bordadora por su natural inclinación a
considerar a la discípula como una hija, y su reacción de
rechazo visceral de ese vínculo engañoso, pone de manifiesto
la dificultad de encontrar el punto exacto en el que las
relaciones laborales podrían ser humanas sin convertirse en
algo distinto de las relaciones de trabajo.
Asimismo, en una
secuencia la discípula pide permiso para retirarse a la
patrona, porque considera que ha terminado el tiempo de su
jornada. Allí se percibe otro problema: si el trabajo se
convierte en un vínculo interpersonal, sería complicado
reivindicar una independencia individual sobre la base del
cumplimiento de un horario, por ejemplo, pero la
interdependencia “humana”, a su vez, también podría
convertirse en una coartada para la explotación. No es nada
inocente la película, en este sentido.
Pero el problema con
el filme es que termina por esbozar una posición muy
discutible, especialmente desde el punto de vista moral y
existencial. La reinserción de la protagonista en la
comunidad y en el trabajo expresa también una opción por ser
fiel a las tradiciones: la familia y un corporativismo de
raigambre medieval. Para colmo, al final de la película
aparece un incauto Romeo, al parecer dispuesto a tomar la
mano de la muchacha embarazada de otro, y el compromiso
pareciera quedar sellado entre ambos, a pesar de que él no
puede hacerle el amor a ella, por lo avanzado de su estado,
y se va de viaje de estudios por un largo tiempo, lo cual
implica que la muchacha tendrá que quererlo de lejos, como
se dice. Y a esto no puede dejar de sumarse la
identificación del bordado con cierta concepción anacrónica
de la mujer, que tan bien resume la cancioncita aquella:
“Que sepa coser, que sepa bordar, que ponga la mesa en su
santo lugar”. Un conservadurismo cristiano de difícil
digestión aflora así en la cinta.
Pero, ¿acaso no es
válido hacer una película para defender puntos de vista como
éste? Desde luego que sí. El detalle es que la misma
problemática ha sido abordada recientemente, y de una manera
más lúcida, en una película a la que Bordadoras trae
a colación en una de las secuencias iniciales. Al comienzo
del filme se hace hincapié en que el aislamiento de la
protagonista pareciera relegarla a una situación sub-social:
roba repollos de la finca de sus padres para intercambiarlos
por pieles de conejo, con las cuales confecciona adornos
para vender. La recolección y el trueque son su modo de
vida, en otras palabras. El parentesco con el personaje
principal del filme Rosetta de Luc y Jean-Pierre
Dardenne (1999), una chica a la que la pobreza que la aísla
de la sociedad la convierte, no ya en criatura primitiva
sino en un verdadero animal de presa, se hace así
manifiesto.
No obstante, el
desenlace de la cinta de los belgas es más inteligente: todo
termina con una mirada que clama por la solidaridad del
otro. Qué se va a hacer a partir de entonces quedaría como
un problema que a cada quien le tocaría resolver, y podría
hacerlo de muy diversos modos, tanto si se decanta por el
tradicionalismo como si es progresista. Una receta moral es
por completo ajena a la película de los Dardenne. Por eso
mismo, Rosetta es más abierta, y no puede ser tan
fácilmente criticada como la cinta de Éléonore Faucher, a
pesar de que las dos fueron concebidas desde la misma
perspectiva del cristianismo social.
BORDADORAS
Brodeuses,
Francia, 2004
Dirección: Éléonore
Faucher. Guión: Éléonore Faucher, Gaëlle Macé. Producción: Alain Benguigui, Bertrand Van Effenterre.
Diseño de
producción: Philippe van Herwijnen. Fotografía: Pierre Cottereau.
Montaje: Joëlle Van Effenterre. Sonido: Francois
Guillaume. Edición de sonido: Jean-Noël Yven. Música:
Michael Galazo. Elenco: Lola Naymark (Claire Moutiers),
Ariane Ascaride (señora Melikian), Marie Félix (Lucile),
Thomas Laroppe (Guillaume), Arthue Quehen (Thomas), Jacky
Berroyer (señor Lescuyer), Anne Canovas (señora Lescuyer),
Marinna Tomé (la ginecóloga), Elisabeth Commelin (señora
Lescuyer). Duración: 89 minutos. Color, Dolby, DTS, Dolby
SR.
Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info