05/07
 
 
Festival de Cine Francés [francia.revistavertigo.info]
 
 

 

 

 

Atrofia de izquierda

Konstantinos Gavras, conocido como Costa-Gavras, es una de las figuras emblemáticas del llamado cine político espectacular de finales de los sesenta y comienzos de los setenta. Este género procuraba explotar recursos característicos de las producciones de los grandes estudios, como la participación de figuras del star system y la claridad y sencillez de la narración, con el fin de difundir masivamente un discurso crítico de izquierda, cuestionador incluso del izquierdismo supuestamente radical de los que abogaban por el terrorismo. Elemento central de la crítica de Costa-Gavras, y su frecuente colaborador en los guiones, el escritor español Jorge Semprún, era la representación de la política como un conjunto de mecanismos que operan inefablemente, incluso en contra de quienes pretenden revertirlos.

Capaz de sostenerse eficazmente sobre la aparente contradicción entre los medios empleados para difundir el mensaje y el contenido de éste, películas de Costa-Gavras como Z (1969), Estado de sitio (1972) y Sección especial (1975) se han convertido no sólo en ejemplos emblemáticos de la propuesta sino en clásicos del cine. A esos títulos se sumarían los que el realizador produjo después de su consecuente traslado a Hollywood: Desaparecido (1982), Caja de música (1989) y Mad City (1997), con John Travolta y Dustin Hoffman. Más recientemente, Costa-Gavras volvió a colocar su nombre sobre el tapete con Amén (2002), una ácida crítica de la complicidad de la Iglesia Católica con el genocidio judío en la Segunda Guerra Mundial, que quizás por la contundencia de su denuncia, y la simbiosis de cruz y svástica del afiche, no fue exhibida en Venezuela. También ha dirigido producciones de menor presupuesto, entre las que podría señalarse El pequeño Apocalipsis (1993), sobre el derrumbe del bloque socialista.

Nada del genio exhibido en tantas ocasiones, incluso recientes, por Costa-Gavras está presente en La corporación (Le Couperet, 2005). Que algo anda mal en esta película se percibe desde la primera secuencia, gracias a la pésima actuación de José García en el papel protagónico de Bruno Davert, un ingeniero desempleado que se traza una singular estrategia para volver a encontrar un lugar en el “mercado” de trabajo: asesinar a todos los posibles competidores para el puesto que anhela y matar luego a quien lo detenta.

La torpeza que en un principio pareciera ser solamente mala caricatura se consolida como torpeza durante todo el filme, con el agravante de que los guionistas –el propio Costa-Gavras y Claude Grumberg– parecieran haber olvidado la existencia de la elipsis. En consecuencia, todos los episodios de la película se desarrollan aristotélicamente, con principio, medio y fin, a pesar de lo repetitivos que resultan –122 minutos dura el filme.

Hay en La corporación algunos chispazos de ingenio que no pueden dejar de mencionarse por consideración al talento de Costa-Gavras. En primer lugar, los pensamientos que llevan al protagonista a optar por convertirse en un asesino en serie: Davert es consciente de que los accionistas son los responsables de su situación, pero concluye que esa no es una cuestión que quepa resolver. “Los accionistas son mis enemigos, pero los competidores son mi problema”, concluye con lógica cartesiana. Asimismo, el hecho de que Davert utilice para cometer sus crímenes una pistola Luger, empleada por las tropas alemanas en la Segunda Guerra Mundial –y que figura entre unos objetos dejados por su padre que no permiten entender con claridad si luchó del lado de los aliados o del Eje en el conflicto–, constituye una forma elegantemente cómica de manifestar que todo juego sin reglas es un juego fascista, como ocurre en el caso de la guerra a muerte en un “mercado” laboral en contracción. Pero con estos escasos ejemplos de lucidez contrastan lugares comunes manejados sin imaginación, como la aparición de modelos en ropa interior por todas partes, en los avisos publicitarios de casi todos los productos –un recurso que hubiese dado pena ajena al John Carpenter de Sobreviven (1988)–. Tampoco pareciera dar risa la burla que se hallaría implícita en la escogencia de un personaje de clase media acomodada como ejemplo de la crisis económica y social de Europa. La cosa no pasa del chiste privado.

Ningún detalle es capaz de redimir a este filme, en el que Costa-Gavras podría llegar a asustar a sus fans por su incapacidad para decir cosas nuevas, ni siquiera interesantes, sobre uno de los problemas sociales más graves del mundo en la actualidad. Cuesta entender, también, como los hermanos Luc y Jean-Pierre Dardenne, figuras emblemáticas del cine social belga en la actualidad, con palmas de oro de Cannes a la mejor película en su haber por Rosetta (1999) y El niño (2005), pudieron ser coproductores de esta cinta.

Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info

LA CORPORACIÓN
Le Couperet, Francia-España-Bélgica, 2005

Dirección: Costa-Gavras. Guión: Costa-Gavras, Jean-Claude Grumberg, basado en la novela El hacha de Donald E. Westlake. Producción: Michèle Ray-Gavras, José María Morales, Luc Dardenne, Jean-Pierre Dardenne. Diseño de producción: Laurent Deroo. Fotografía: Patrick Blossier. Montaje: Yannick Kergoat. Sonido: Nicolas Naegelen. Edición de sonido: Nicolas Moreau. Música: Armand Amar. Elenco: José García (Bruno Davert), Karim Viard (Marlène Davert), Olivier Gourmet (Raymond Machefer). Duración: 122 minutos. Color, Dolby Digital.

Volver a la portada

Ir o volver a la página del Festival de Cine Francés en Vértigo