Atrofia de izquierda
Konstantinos Gavras,
conocido como Costa-Gavras, es una de las figuras
emblemáticas del llamado cine político espectacular de
finales de los sesenta y comienzos de los setenta. Este
género procuraba explotar recursos característicos de las
producciones de los grandes estudios, como la participación
de figuras del star system y la claridad y sencillez de la
narración, con el fin de difundir masivamente un discurso
crítico de izquierda, cuestionador incluso del izquierdismo
supuestamente radical de los que abogaban por el terrorismo.
Elemento central de la crítica de Costa-Gavras, y su
frecuente colaborador en los guiones, el escritor español
Jorge Semprún, era la representación de la política como un
conjunto de mecanismos que operan inefablemente, incluso en
contra de quienes pretenden revertirlos.


Capaz de sostenerse
eficazmente sobre la aparente contradicción entre los medios
empleados para difundir el mensaje y el contenido de éste,
películas de Costa-Gavras como Z (1969), Estado de sitio
(1972) y Sección especial (1975) se han convertido no sólo
en ejemplos emblemáticos de la propuesta sino en clásicos
del cine. A esos títulos se sumarían los que el realizador
produjo después de su consecuente traslado a Hollywood:
Desaparecido (1982), Caja de música (1989) y
Mad City
(1997), con John Travolta y Dustin Hoffman. Más
recientemente, Costa-Gavras volvió a colocar su nombre sobre
el tapete con Amén (2002), una ácida crítica de la
complicidad de la Iglesia Católica con el genocidio judío en
la Segunda Guerra Mundial, que quizás por la contundencia de
su denuncia, y la simbiosis de cruz y svástica del afiche,
no fue exhibida en Venezuela. También ha dirigido
producciones de menor presupuesto, entre las que podría
señalarse El pequeño Apocalipsis (1993), sobre el derrumbe del bloque socialista.
Nada del genio
exhibido en tantas ocasiones, incluso recientes, por
Costa-Gavras está presente en La corporación (Le Couperet,
2005). Que algo anda mal en esta película se percibe desde
la primera secuencia, gracias a la pésima actuación de José
García en el papel protagónico de Bruno Davert, un ingeniero
desempleado que se traza una singular estrategia para volver
a encontrar un lugar en el “mercado” de trabajo: asesinar a
todos los posibles competidores para el puesto que anhela y
matar luego a quien lo detenta.
La torpeza que en un
principio pareciera ser solamente mala caricatura se
consolida como torpeza durante todo el filme, con el
agravante de que los guionistas –el propio Costa-Gavras y
Claude Grumberg– parecieran haber olvidado la existencia de
la elipsis. En consecuencia, todos los episodios de la
película se desarrollan aristotélicamente, con principio,
medio y fin, a pesar de lo repetitivos que resultan –122
minutos dura el filme.
Hay en La
corporación algunos chispazos de ingenio que no pueden dejar
de mencionarse por consideración al talento de Costa-Gavras.
En primer lugar, los pensamientos que llevan al protagonista
a optar por convertirse en un asesino en serie: Davert es
consciente de que los accionistas son los responsables de su
situación, pero concluye que esa no es una cuestión que
quepa resolver. “Los accionistas son mis enemigos, pero los
competidores son mi problema”, concluye con lógica
cartesiana. Asimismo, el hecho de que Davert utilice para
cometer sus crímenes una pistola Luger, empleada por las
tropas alemanas en la Segunda Guerra Mundial –y que figura
entre unos objetos dejados por su padre que no permiten
entender con claridad si luchó del lado de los aliados o del
Eje en el conflicto–, constituye una forma elegantemente
cómica de manifestar que todo juego sin reglas es un juego
fascista, como ocurre en el caso de la guerra a muerte en un
“mercado” laboral en contracción. Pero con estos escasos
ejemplos de lucidez contrastan lugares comunes manejados sin
imaginación, como la aparición de modelos en ropa interior
por todas partes, en los avisos publicitarios de casi todos
los productos –un recurso que hubiese dado pena ajena al
John Carpenter de Sobreviven (1988)–. Tampoco
pareciera dar risa la burla que se hallaría implícita en la
escogencia de un personaje de clase media acomodada como
ejemplo de la crisis económica y social de Europa. La cosa
no pasa del chiste privado.
Ningún detalle es
capaz de redimir a este filme, en el que Costa-Gavras podría
llegar a asustar a sus fans por su incapacidad para decir
cosas nuevas, ni siquiera interesantes, sobre uno de los
problemas sociales más graves del mundo en la actualidad.
Cuesta entender, también, como los hermanos Luc y
Jean-Pierre Dardenne, figuras emblemáticas del cine social
belga en la actualidad, con palmas de oro de Cannes a la
mejor película en su haber por Rosetta (1999) y El niño
(2005), pudieron ser coproductores de esta cinta.
Pablo Gamba
pablogamba@revistavertigo.info
LA CORPORACIÓN
Le Couperet,
Francia-España-Bélgica, 2005
Dirección: Costa-Gavras.
Guión: Costa-Gavras, Jean-Claude Grumberg, basado en la
novela El hacha de Donald E. Westlake. Producción: Michèle
Ray-Gavras, José María Morales, Luc Dardenne, Jean-Pierre
Dardenne. Diseño de producción: Laurent Deroo. Fotografía: Patrick Blossier.
Montaje: Yannick Kergoat. Sonido: Nicolas
Naegelen. Edición de sonido: Nicolas Moreau. Música: Armand
Amar. Elenco: José García (Bruno
Davert), Karim Viard (Marlène Davert), Olivier Gourmet
(Raymond Machefer). Duración: 122 minutos. Color, Dolby Digital.
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