05/07
 
 
Festival de Cine Francés [francia.revistavertigo.info]
 
 

 

 

 

Cine sin acné para adolescentes

En Duchas frías de Antony Cordier (Douches froides, 2005) hay una secuencia en la que se cita textualmente el El olor de la papaya verde del vietnamita Tran Anh Hung (1993). El protagonista, Mickael (Johan Libéreau), contempla estupefacto en la madrugada un plano en el que una gota blanca se desliza lentamente por sobre la hoja de una planta. Pero después, cuando aparecen las escenas dedicadas a la preparación de la comida, protesta de aburrimiento y exclama: “Me estoy muriendo de hambre y encima en la tele me encuentro con esto”.

La presencia de un personaje que también se llama Tran, y del cual todos hacen burla continuamente, deja en claro que la película se propone como una toma de posición ante el cine asiático, que cada vez conquista más espectadores en el mundo entero. Pero más adelante se aclara que las puntas van dirigidas sólo contra cierto tipo de cintas de Asia: el cuarto de Mickael está decorado con afiches de las películas de Bruce Lee, y otros filmes de kung fu, y Duchas frías es también, a su modo, una cinta sobre artes marciales, puesto que la vida del protagonista gira en torno a la práctica del judo.

Siempre es agradable encontrar expresado en un filme, a través de guiños como estos, el manifiesto que guía a sus creadores: “Abajo el arte falso, viva el tatami”. En este caso, además, la crítica se emprende certeramente contra  aquello que se vende como “arte” por su exotismo, independientemente de sus cualidades estéticas, como sucedería en el caso de cintas como la de Tran, aunque sean de calidad.

El rechazo del falso arte pareciera hacerse extensivo incluso a todo aquello que requiere erudición para ser comprendido. Así lo sugiere, por ejemplo, la continua burla de una educación que atiborra a los estudiantes con conocimientos cuya propia inutilidad e impertinencia los vuelve confusos –Mickael, por ejemplo, pone en una examen sobre Estados Unidos los nombres de las ciudades de China–. Quizás habría aquí un juicio dirigido contra un cine esencialmente intelectual como el de Alain Resnais, o sus malos imitadores, entendiendo por tal calificación de intelectual el recurso a lo que suele llamarse el “bagaje cultural”, la valija llena de cultura que algunos supuestamente cargan consigo.

Lo que pretende hacer Antony Cordier, en síntesis, es un cine dirigido al gran público, en particular a quienes constituyen una de las fracciones más vastas de la audiencia: el público adolescente. Lo cual tiene el mérito propio de toda postura antielitesca. Y si ese es el objetivo, debe decirse que lo logra con creces en Duchas frías.

A los adolescentes, Cordier quiere ofrecerles un poco de caviar, en vez de la mortadela que atiborra las producciones de baja estofa de Hollywood dirigidas al mismo target. Y también quiere decirles que hay otras formas de ver la vida, desde el cine, diferentes de la que impone moral puritana de los filmes estadounidenses. El protagonista de Duchas frías libra una batalla interior contra el monstruo negro de sus temores, de principio a fin de la película. Entre ellos se encuentran los que le producen inhibiciones que le impiden hacer realidad sus fantasías sexuales y la repercusión que tienen sobre él los problemas económicos de su familia, que lo someten a una presión constante e intensa.

La película destaca sobre todo por su abordaje natural del sexo, en vertientes que llevarían a estampar sin apelación una prohibición para menores de edad a los censores del otro lado del Atlántico. Incluso trata sin escándalo alguno el tema de la interrupción voluntaria del embarazo, en una escena en la que una simpática doctora le entrega una píldora abortiva a Vanessa (Salomé Stévenin), para prevenir los efectos indeseados de la noche anterior, cuando hizo el amor hasta el cansancio con Mickael y su mejor amigo a la vez, Clement (Pierre Perrier) sobre el tatami del gimnasio. Asimismo, los hombres aparecen una y otra vez desnudos, en planos que muestran con toda claridad sus genitales, lo cual es poco usual en el cine comercial en general, no se diga en las producciones de Hollywood, en las que pareciera ser imposible.

No es mucho más lo que ofrece Duchas frías, aparte de buenas actuaciones del trío de personajes principales, especialmente de Johan Libéreau. Pero es una película honesta y audaz, que debería encontrar en Venezuela el público al que está dirigida, en vez de permanecer relegada al circuito de presuntos filmes de “arte y ensayo” que hacen arrugar la cara, sabiamente, al director.

DUCHAS FRÍAS
Douches Froides, Francia, 2005. Dirección: Antony Cordier. Guión: Antony Cordier, Julie Peyr. Producción: Pascal Caucheteux, Sebastien Lemercier. Fotografía: Nicolas Gaurin. Montaje: Emmanuelle Castro. Sonido: Pierre Tucat. Edición de sonido: Nicolas Moreau. Música: Nicholas Lemercier. Elenco: Johan Libéreau (Mickael), Salomé Stévenin (Vanessa), Pierre Perrier (Clément). Duración: 102 minutos.

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