Cine sin acné
para adolescentes
En Duchas frías de Antony Cordier
(Douches froides, 2005) hay una secuencia en la que
se cita textualmente el El olor de la papaya verde
del vietnamita Tran Anh Hung (1993). El protagonista,
Mickael (Johan Libéreau), contempla estupefacto en la
madrugada un plano en el que una gota blanca se desliza
lentamente por sobre la hoja de una planta. Pero después,
cuando aparecen las escenas dedicadas a la preparación de la
comida, protesta de aburrimiento y exclama: “Me estoy
muriendo de hambre y encima en la tele me encuentro con
esto”.


La presencia de un personaje que también
se llama Tran, y del cual todos hacen burla continuamente,
deja en claro que la película se propone como una toma de
posición ante el cine asiático, que cada vez conquista más
espectadores en el mundo entero. Pero más adelante se aclara
que las puntas van dirigidas sólo contra cierto tipo de
cintas de Asia: el cuarto de Mickael está decorado con
afiches de las películas de Bruce Lee, y otros filmes de
kung fu, y Duchas frías es también, a su modo, una
cinta sobre artes marciales, puesto que la vida del
protagonista gira en torno a la práctica del judo.
Siempre es agradable encontrar expresado
en un filme, a través de guiños como estos, el manifiesto
que guía a sus creadores: “Abajo el arte falso, viva el
tatami”. En este caso, además, la crítica se emprende
certeramente contra aquello que se vende como “arte” por su
exotismo, independientemente de sus cualidades estéticas,
como sucedería en el caso de cintas como la de Tran, aunque
sean de calidad.
El rechazo del falso arte pareciera
hacerse extensivo incluso a todo aquello que requiere
erudición para ser comprendido. Así lo sugiere, por ejemplo,
la continua burla de una educación que atiborra a los
estudiantes con conocimientos cuya propia inutilidad e
impertinencia los vuelve confusos –Mickael, por ejemplo,
pone en una examen sobre Estados Unidos los nombres de las
ciudades de China–. Quizás habría aquí un juicio dirigido
contra un cine esencialmente intelectual como el de Alain
Resnais, o sus malos imitadores, entendiendo por tal
calificación de intelectual el recurso a lo que suele
llamarse el “bagaje cultural”, la valija llena de cultura
que algunos supuestamente cargan consigo.
Lo que pretende hacer Antony Cordier, en
síntesis, es un cine dirigido al gran público, en particular
a quienes constituyen una de las fracciones más vastas de la
audiencia: el público adolescente. Lo cual tiene el mérito
propio de toda postura antielitesca. Y si ese es el
objetivo, debe decirse que lo logra con creces en Duchas
frías.
A los adolescentes, Cordier quiere
ofrecerles un poco de caviar, en vez de la mortadela que
atiborra las producciones de baja estofa de Hollywood
dirigidas al mismo target. Y también quiere decirles
que hay otras formas de ver la vida, desde el cine,
diferentes de la que impone moral puritana de los filmes
estadounidenses. El protagonista de Duchas frías libra una
batalla interior contra el monstruo negro de sus temores, de
principio a fin de la película. Entre ellos se encuentran
los que le producen inhibiciones que le impiden hacer
realidad sus fantasías sexuales y la repercusión que tienen
sobre él los problemas económicos de su familia, que lo
someten a una presión constante e intensa.
La película destaca sobre todo por su
abordaje natural del sexo, en vertientes que llevarían a
estampar sin apelación una prohibición para menores de edad
a los censores del otro lado del Atlántico. Incluso trata
sin escándalo alguno el tema de la interrupción voluntaria
del embarazo, en una escena en la que una simpática doctora
le entrega una píldora abortiva a Vanessa (Salomé Stévenin),
para prevenir los efectos indeseados de la noche anterior,
cuando hizo el amor hasta el cansancio con Mickael y su
mejor amigo a la vez, Clement (Pierre Perrier) sobre el
tatami del gimnasio. Asimismo, los hombres aparecen una y
otra vez desnudos, en planos que muestran con toda claridad
sus genitales, lo cual es poco usual en el cine comercial en
general, no se diga en las producciones de Hollywood, en las
que pareciera ser imposible.
No es mucho más lo que ofrece Duchas
frías, aparte de buenas actuaciones del trío de personajes
principales, especialmente de Johan Libéreau. Pero es una
película honesta y audaz, que debería encontrar en Venezuela
el público al que está dirigida, en vez de permanecer
relegada al circuito de presuntos filmes de “arte y ensayo”
que hacen arrugar la cara, sabiamente, al director.
DUCHAS FRÍAS
Douches Froides, Francia, 2005. Dirección: Antony
Cordier. Guión: Antony Cordier, Julie Peyr. Producción:
Pascal Caucheteux, Sebastien Lemercier. Fotografía: Nicolas
Gaurin. Montaje: Emmanuelle Castro. Sonido: Pierre Tucat.
Edición de sonido: Nicolas Moreau. Música: Nicholas
Lemercier. Elenco: Johan Libéreau (Mickael), Salomé Stévenin
(Vanessa), Pierre Perrier (Clément). Duración: 102 minutos.
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